CULTURA
Reseña del IV Festival en Defensa del Maíz Nativo 2015
La fiesta de lo colectivo
Fue el cuarto de muchos más que quedan por delante. Y fue el primero después de que la gran Epitacia Zamora, luchadora indígena a favor del agua y en contra de la minería, volviera a la tierra que le dio la vida. La misma tierra que nos ha dado el maíz como alimento.
El Festival en Defensa del Maíz Nativo se realiza en septiembre, en fecha cercana al Día del Maíz que se conmemora cada 29 de ese mes. En su cuarta edición fue dedicado, a través de un altar, a la comunera de Zacualpan, Epitacia Zamora Teodoro, personaje importante en la lucha que está librando esa comunidad en contra de la ambición de las mineras, además de promover la exigencia de la presentación con vida de los 43 normalistas de Ayotzinapa. En dicho evento, el Frente en Defensa del Maíz, formado por varios colectivos y organizaciones, se reunió para hacer ver a la sociedad colimense la importancia de preservar la variedad genética de esta especie, así como dar a conocer lo mucho que representaba para las culturas originarias de México y alertar sobre el consumo de transgénicos entre la comida que ingerimos a diario. Urge crear conciencia en la población sobre los riesgos que esto conlleva a la salud, al equilibrio ecológico y a la diversidad cultural.
Comenzó el festival con una serie de danzas originarias por parte de diferentes colectivos que buscan preservar esta tradición. Una vez dedicado a la Madre Tierra, el evento continuó con un cuentacuentos que relató la historia de cómo el maíz fue dado a la gente. Le siguió poesía de cuño moderno y también de origen indígena. De igual manera, se premió a los dos primeros lugares del concurso de cartel para el festival que se organizó a través de las redes sociales, los cuales consistieron en paquetes de libros, pues sabemos que aquella persona que lee es menos susceptible a ser engañada. La música no estuvo ausente pues hubo desde trova, hasta reggae, pasando por rock y ritmos andinos. Al mismo tiempo, se llevaban a cabo talleres de elaboración de bombas de semillas y toallas femeninas ecológicas y un taller de pintura para niños; se repartían guías informativas sobre transgénicos; se invitaba a la gente que deseara colaborar a dejar sus datos de contacto; artesanos locales mostraban la ropa, utensilios y cuadernos que ellos mismos elaboraban y había toda un área en la que personas provenientes de Zacualpan y de Tecomán ofrecían a los asistentes una variedad de platillos elaborados con maíz de la región: tamales, pozole vegetariano y convencional, sopes, pastel… Todo esto en el corazón de la ciudad de Colima, el Jardín Libertad, el cual por unas horas se quedó sin alumbrado público por olvido o mala saña de las autoridades municipales, pero bastó con que una ciudadana alzara la voz para que encendieran las luces de una plaza que es de todos los colimenses.
No se trataba de una reunión privada, sino que era la fiesta de lo colectivo: ahí estaban algunos bailando mientras otros comían y charlaban entusiastamente, los niños pintaban imágenes de maíces contentos y otros tristes por caer en las garras de Monsanto, un grupito de religiosas pedían información sobre los transgénicos interesadas en compartir los datos que se les proporcionaban, un ciudadano invitaba a firmar en contra de que el gobierno del estado trajera con dinero público a un grupo de narco-corridos y música sexista, unos estudiantes repartían el boletín de su colectivo independiente. Era esa unidad en la diversidad y esa alegría combativa la que imperaba para lanzar el grito implícito: ¡No al maíz transgénico! ¡Defendamos a las especies nativas de la voracidad de las trasnacionales! ¡Sin maíz no hay país!