COLABORACIONES

UN AUTÉNTICO CALDO DE CULTIVO:

Noviembre 04, 2017



Para contrarrestar el discurso disruptivo de AMLO, el régimen ensaya diferentes soluciones. Entre ellas que vuelva a ganar el PRI.



Adalberto Carvajal


La propuesta electoral de Andrés Manuel López Obrador resulta muy simple, y quizá en eso estriba su eficacia. No dice cómo lo hará, pero promete resolver los problemas más sensibles para la población:
La corrupción, para empezar, enfermedad crónica del sistema político que también invade a otros sistemas del organismos social, como el económico; incluso los aparatos ideológicos del país (el educativo, el religioso y los medios de comunicación, entre ellos) no escapan a esta afección moral.
En el spot en el que asegura que durante su movimiento “no se ha roto un vidrio”, AMLO ofrece “trabajo, seguridad y bienestar para todos”.
Todas éstas, carencias del mexicano común tan innegables que los detractores del candidato presidencial de Morena prefieren rebatir los otros argumentos del mensaje: que si es populista, que si es comparable a Maduro o a Trump, que si no existe tal cosa llamada “la mafia del poder”, que si el cambio que promete el Peje no será en absoluto “ordenado y pacífico”.
Cambio, entendido como alternancia, es lo que ofreció el sistema político en 2000 como una manera de preservar el modelo económico. Y certeza ante la incertidumbre del cambio en el modelo que prometía López Obrador, es lo que ofertó el régimen del PRI-AN en las elecciones de 2006, aun a costa de sacrificar la credibilidad en los comicios tras repetirse el fraude electoral de 1988.
En 2012, una ficción televisiva (el apuesto gobernador mexiquense, trágicamente viudo que casó con un actriz de melodramas en lo que parecía un final de telenovela) sedujo a un importante sector del electorado, ya impermeable a las dádivas del clientelismo tradicional.
Sin embargo, a la clase política lo que le atrajo de la propuesta de Enrique Peña Nieto fue la promesa de acabar con la guerra contra las drogas que ensangrentó el país durante el sexenio de Felipe Calderón.

PROMESAS INCUMPLIDAS:
Camino a 2018, la violencia generada por la operación de los cárteles del narcotráfico, las luchas entre esos grupos dedicados a la delincuencia organizada y el combate a esas mafias que realiza el Estado mexicano, exasperan a una ciudadanía que lleva décadas pidiendo seguridad.
Los triunfos macroeconómicos, tan celebrados por algunos periodistas financieros, aun cuando se reflejan en una recuperación del mercado interno siguen dejando a amplios sectores de la población fuera de las oportunidades de empleo.
Y el bienestar no lo sienten los mexicanos con menores ingresos. De hecho, hasta para los empresarios el Estado resulta cada vez más codicioso: un voraz recaudador tributario y un incumplido prestador de servicios que, en todo caso, terminó por privatizar muchas de sus antiguas responsabilidades, como el sistema de pensiones.
Una generación de mexicanos que por su edad deberían votar conservadoramente, se sienten defraudados por el Estado y en riesgo de no mantener un nivel de vida decoroso cuando acepten su jubilación.
Gracias a la reforma en Telecomunicaciones, bajaron las tarifas de telefonía (en realidad pagábamos aquí lo que en todo el mundo ya era gratis) y ahora tenemos televisión digital terrestre.
No obstante, seguimos teniendo carreteras cuyos peajes son ofensivos en la medida que, por ejemplo, hace más de veinte años que tenemos una autopista de cuota entre Manzanillo y Guadalajara y todavía hay un tramo de dos carriles, cuando debería haber seis en la totalidad del recorrido.

POLVO DE ESTRELLAS:
Para contrarrestar el discurso disruptivo de AMLO, el régimen ensaya diferentes soluciones.
Hasta hace unas semanas parecía que se iba a decantar por una estrategia para pulverizar el voto opositor: inundar las boletas electorales con candidatos independientes y que cada uno de los cuales captara el sufragio de un segmento específico del padrón molesto con el gobierno priista.
En paralelo, se pensó en crear un contrapeso a Morena fusionando en un Frente Ciudadano a la oposición de izquierda con la derecha.
En el absurdo que dos partidos que se dicen progresistas, como el PRD y Movimiento Ciudadano, le den la espalda al candidato con el que tienen mayor afinidad ideológica, para buscar otro abanderado que, resulte quien resulte, estará evidentemente por debajo de Andrés Manuel en posicionamiento electoral, la izquierda se somete a las directrices del PAN.
Lo hace bajo el supuesto que se repetirá el escenario de 2000, cuando Vicente Fox contó con el apoyo tácito de la izquierda.
Ante la posibilidad de que veamos en 2018 un choque de trenes entre el régimen y Morena, el régimen ya saboteó las soluciones anteriores:
Una cuota insensata de firmas de apoyo y un software diseñado para volver casi imposible el registro de suscriptores, hacen inviable incluso el registro de la candidatura independiente de Margarita Zavala, la esposa del ex presidente Felipe Calderón.
Y el Frente Ciudadano naufraga porque las cúpulas de los partidos que lo forman no tienen el respeto ni la obediencia de sus bases militantes.

EL BUENO, EL PURO Y EL VIEJO:
¿Cómo pretende el PRI hacer frente al descontento social que potencia la candidatura de López Obrador?
La primera opción es un candidato oficial ostensiblemente no priista.
Aunque José Antonio Meade ha estado más cerca del PRI que del PAN (no obstante que trabajó como secretario de Hacienda en el gobierno de Calderón Hinojosa), hoy niega pertenecer al Partido Revolucionario Institucional.
No militar en el tricolor es requisito indispensable para convencer a la sociedad del resto de las virtudes que le atribuyen al actual secretario de Hacienda y Crédito Público: la primera, no estar casado con ninguna ideología (como no sea la teoría capitalista) y, la segunda, tener una trayectoria irreprochable, sin vínculos con los escándalos de corrupción que se dieron en este y el anterior sexenio (y de los cuales tendría que haberse percatado en el mero ejercicio de su responsabilidad fiscal).
Por lo difícil que resultará mantener a Meade a salvo de los torpedos que lance la oposición a un ministro que en dos sexenios no se enteró de nada, y ante las dificultades para que un recaudador de impuestos gane popularidad, existe un Plan B: el doctor José Narro.
Indemne tras la crisis que supuso para el sistema de salud la ocurrencia de los sismos de septiembre (¿cómo es posible que en un país donde la atención médica corre a cargo del Estado, la Cruz Roja pidiera donaciones de insumos quirúrgicos y medicamentos comunes en una sala de urgencias que la Secretaría a su cargo debería tener en inventarios?), a Narro le favorece el capital político que acumuló como rector de la Universidad Nacional.
Tiene en contra su edad (y más que los años vividos los que aparenta, pues tratándose de un hombre que apenas llega a las siete décadas parece un octogenario).
Si en este país premiáramos la sabiduría de los viejos, diría que Narro es un candidato formidable. Pero la efebocracia (el gobierno de los más jóvenes) auspiciada por Peña Nieto, probablemente no cree en el potencial electoral de un hombre mayor.

Mi correo electrónico: carvajalberber@gmail.com. Esta columna también se puede leer en el sitio web carvajalberber.com y en sus redes sociales.

ADALBERTO CARVAJAL

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